ABSTRACTO

Lesbiana

Para muchos puede ser una simple palabra, pero para la mayoría significa una catástrofe.

A los 16 me enamoré por primera vez de una mujer. No tuve ningún problema con asumirlo, simplemente estaba enamorada y me asumí bisexual, pero hoy no vamos a hablar de ese momento.

Hoy les voy a platicar del problema, que cómicamente, no llegó hasta mis 23 años. 

La realidad es que nunca me sentí completamente plena cuando creía que me gustaba un hombre. El contacto físico se sentía forzado y tenía un miedo irracional a terminar casada y viviendo el resto de mi vida con uno. Ni siquiera me detuve a pensar: ¿Será que los hombres simplemente no me gustan?

Esa fue la causa principal de que mi salida del clóset como lesbiana no sucediera hasta los 23 años: la falta de cuestionamiento. Porque no hay problema en que te gusten las mujeres, pero… ¿por qué no te gustaría un hombre? No tiene lógica.

Mi awakening sucedió de una forma muy chistosa. Estaba leyendo una saga de libros de fantasía y, de pronto, me di cuenta de que llevaba tres libros cambiando el género del protagonista —de hombre a mujer— en mi cabeza, porque no me sentía identificada leyendo a una pareja heterosexual.

Entonces empezaron a llegarme muchas dudas: ¿De qué vas a hablar con tus amigxs si no es de hombres? Se van a sentir incómodxs. No van a querer relacionarse contigo porque no comparten la misma experiencia de vida. (En ese momento, Rivkah era mi única amiga lesbiana; todas las demás eran bisexuales o heterosexuales, y hombres gays).
¿Qué voy a hacer con mi experiencia diaria? ¿Cómo le voy a explicar a los papás de mis amigos? ¿Cómo les voy a explicar a los adultos que no conozco cuando me pregunten si tengo novio? Siendo bisexual, es fácil decir que no y ya. Pero si soy lesbiana, ¿cómo me siento segura de mi entorno para explicarlo? Voy a tener que empezar a ser selectiva con quién soy yo misma de ahora en adelante.

La palabra lesbiana siempre me pareció muy fuerte, y es algo que le pasa a la mayoría de la gente. No sé si la fonética de la palabra tenga algo que ver, pero lo que definitivamente sí influye es que siempre la escuché en contextos violentos o hipersexualizados. La palabra tiene una carga social inmensa; es mucho más fácil usar “gay”, porque es chiquita y suena cute, porque el mundo siempre va a preferir lo silencioso.

Le escribí a mi amiga Jo, que es bisexual, para preguntarle si ella se sentía de la misma forma que yo, para asegurarme de que sí era lesbiana y no estaba sobrepensando las cosas como siempre. Y me di cuenta de que, en efecto, no… Ella no tenía miedo de pasar el resto de su vida con un hombre.

Después le escribí a Rivkah, porque era la única lesbiana a la que podía preguntarle.
Me ayudó mucho a entender que la vida no se acababa si aceptaba que no me gustaban los hombres. Que iba a seguir teniendo las amistades que tenía, y que, en caso de que no, era porque esas amistades no valían la pena. Hizo que abrazara la palabra lesbiana y que me sintiera acompañada como nunca, porque ella entendía lo que yo estaba sintiendo.

Y así, el mismo día que me lo cuestioné, lo acepté.

No, definitivamente no me voy a referir a mí misma como “gay”, porque la palabra correcta es LESBIANA, así, en mayúsculas y a todo volumen. No voy a perpetuar discriminaciones ni ser incongruente conmigo misma. No voy a suavizarle a los demás mi identidad, porque no me lo merezco.
Voy a abrazar miles de años de historia, en los que a tantas mujeres les hubiera encantado poder gritar a los cuatro vientos que eran lesbianas y no podían, porque hacerlo implicaba cárcel o pena de muerte. No les voy a faltar al respeto: voy a decirlo bien fuerte y voy a honrar a todas las que murieron por hacerlo.

Mi primera experiencia con gente nueva, identificándome como lesbiana, me hizo darme cuenta de que es completamente diferente a ser bisexual.
Tuve que “salir del clóset” con diez personas distintas, no sólo porque soy muy femenina para ser lesbiana —según ellxs—, sino porque nadie nunca va a asumir que no te pueda gustar un hombre.

Al final, todo siempre gira alrededor de los hombres… Si eres un hombre bisexual, es mentira: sólo estás confundido porque en realidad eres gay.
Si eres una mujer bisexual, es mentira: sólo estás confundida porque en realidad eres heterosexual.
Si eres lesbiana, es mentira: sólo no has encontrado al hombre correcto.
Pero que no sea para ver pornografía de “lesbianas” o para pedirle a dos mujeres que se besen frente a ellos en la peda, porque cuando es para su satisfacción y entretenimiento, sí lo disfrutan… ¿o no?

Mi necesidad de aprobación masculina me hizo no cuestionarme mi sexualidad durante mucho tiempo. Y ese es el problema: que nos quieren sin cuestionar nada, sin preguntar, sin saber.

Yo voy a leer todos los libros de lesbianas que me encuentre, ver todas las películas y series de lesbianas, y escuchar toda la música de lesbianas. Porque, aunque un libro sea considerado “basura” por los conocedores de la literatura, son 400 páginas en las que yo me siento identificada, y eso es suficiente para mí.

Para las mujeres bisexuales: no te apropies de la palabra lesbiana, porque aunque para ti sea un chiste, significa una catástrofe para miles de mujeres. No te beses con mujeres para conseguir aprobación masculina, y no me digas que a tu novio no le molesta que te beses con otras mujeres porque “eso no cuenta como infidelidad”, porque estás girando la identidad de miles de mujeres hacia ellos otra vez.
Usa tu experiencia para apoyar a todas las otras mujeres sáficas de la comunidad LGBT+, no para invisibilizarlas. Tenemos que apoyar no sólo nuestra identidad, sino todas.

Decir “soy lesbiana” puede sonar, para muchas, como el fin del mundo. Y claro que hay que tener en cuenta el entorno y el contexto para mantenernos a salvo, pero fuera de eso, es algo muy liberador. Se siente como respirar aire fresco por primera vez.

Cambia la mentalidad de tu entorno. Así como nos forzaron a escondernos por tanto tiempo, fuérzalos a dejar de usar la palabra lesbiana como algo sexual o como un insulto.

Al final, con mis amigxs, nada cambió. Jo, la amiga que mencioné antes, aunque no viva la misma experiencia que yo, me abrazó virtualmente y me acompañó como siempre lo ha hecho. Nada se sintió diferente, porque ese es el chiste de la amistad. (Te amo, Jo.)

Mis amigos gays no cambiaron en absoluto, porque aunque no compartamos la misma experiencia en nuestra forma de relacionarnos sexo-afectivamente, sí la compartimos en ser diferentes al molde de lo convencional, y en vivir cada día sintiéndonos orgullosxs de ser diferentes.
Al resto de mis conocidos (incluida mi familia, que ni siquiera sabía que era “bisexual”), les valió tres kilos de pistache, y me di cuenta de que todo era mucho más grave en mi cabeza.
Y sé que esto es un privilegio, porque a muchísimas mujeres lesbianas las siguen violentando. Pero fuera de eso, estudia tu entorno y sepárate del constructo social que tenemos: muchas veces no es tan grave, sólo tienes que dar el primer paso.

Fuera de eso, Rivkah y Sephora, que son mis únicas amigas lesbianas cercanas, han hecho mi vida mucho más fácil. Cuando hablo con ellas es cuando más libre me siento, porque sé que habitan este mundo de la misma forma que yo. Gracias a ellas entendí la importancia de rodearte de personas con las que te identifiques de alguna u otra forma, porque ser lesbiana puede llegar a ser una experiencia muy solitaria, y vivir esa experiencia acompañada hace toda la diferencia. (Las amo, lesbianas).

Somos la voz de todas las que vinieron antes y el reflejo de las que vendrán.
Ser lesbiana no es una fase, ni una enfermedad, ni un pecado: es una forma de amar que ha resistido siglos de silencio.

Abraza la palabra lesbiana: es tuya.
Aprópiate de ella y no dejes que te la arrebaten.

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